La Almadraba, una tradición milenaria
El
litoral gaditano, a las puertas del Mediterráneo, goza de una situación
privilegiada. Su costa destaca por la riqueza pesquera, riqueza que ha sido
aprovechada por el hombre desde tiempos prehistóricos.
Hace tres mil años, los fenicios introdujeron el arte de la
almadraba para capturar los extraordinarios ejemplares de atún rojo que
atravesaban el Estrecho. La técnica empleada era la llamada almadraba de vista o tiro: los bancos de atunes se
avistaban desde tierra y eran capturados con redes móviles que se calaban desde
las barcas. Esta pesca, destinada en principio al consumo, pronto adquirió
fines comerciales e industriales.
Las propiedades conservantes de la sal, conocidas en el mundo
fenicio, permitieron la conservación del pescado y favorecieron el comercio de
salazones por todo el ámbito mediterráneo.
En la
Antigüedad, las salazones y salsas derivadas del atún rojo se consideraron
productos de auténtico lujo. El garum
gaditano, salsa
de pescado que se utilizaba para condimentar, se reservaba para los paladares
más selectos. La multitud de factorías de salazón que jalonaban la costa
andaluza (Baelo Claudia, Cádiz y Barbate, entre otras muchas) evidencian la
pujanza de las pesquerías y del comercio del atún.
El atún
de almadraba era ya considerado un producto exquisito, muy apreciado y con un
alto valor económico. De ello dan testimonio los textos de los autores
clásicos, las monedas acuñadas con imágenes de túnidos y hasta el dios Poseidón
(Neptuno para los romanos) que era representado con un tridente como símbolo de
los pescadores de atún.
Desde 1294, la Casa Ducal de Medina Sidonia ostentó el
monopolio de la explotación de las almadrabas andaluzas. Este privilegio,
otorgado por Juan II de Castilla a Alonso I Pérez de Guzmán y a sus
descendientes, fue defendido por los duques a lo largo de los siglos.
Durante la Edad Moderna la pesquería y producción del atún
concentró numerosa mano de obra especializada en los diferentes oficios de la
mar. Las almadrabas gaditanas eran un ir y venir constante de pescadores, mozos
o aguadores, aunque también de truhanes y tunantes en lo que Cervantes llamó la
academia de la picaresca.
Se erigieron multitud de atalayas desde las que se
avistaban los bancos de atunes y se guiaban las maniobras de los barcos
pesqueros.
El siglo XIX trajo consigo importantes cambios. En el plano
técnico, se sustituyó de forma progresiva la almadraba de vista o tiro por la de buche,
arte pasivo de redes fijas. El hecho más significativo fue la desaparición de
los privilegios ducales sobre los trabajos pesqueros, lo que supuso la
proliferación de pequeñas explotaciones.
El negocio almadrabero
andaluz alcanzó su madurez en las primeras décadas del siglo XX. El Gobierno
reorganizó la actividad con la fundación del Consorcio Nacional Almadrabero, en
funcionamiento desde 1928 hasta su desaparición en 1971. Los almadraberos se
integraron en una sociedad monopolista en la que participaban según el valor de
las artes e instalaciones aportadas.
Las almadrabas constituyeron un
ejemplo de integración. Estas empresas daban empleo a más de 600 trabajadores y
constituían auténticas colonias industriales dotadas de variados servicios:
viviendas, escuela, economato, hospital… Curiosamente, la almadraba de Barbate
llegó a emitir moneda propia durante la Guerra Civil.
En la actualidad se encuentran
en activo las almadrabas de Barbate,
Conil de la Frontera, Tarifa y Zahara de los Atunes. Bolonia y Sancti – Petri,
aunque cuentan con las autorizaciones y permisos necesarios, llevan varias
temporadas sin calar el arte.


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